Sí, yo sé que me he desaparecido por siglos, pero esto de los 90's es un tema que requiere meditación, reflexión, distancia. No sé equivoquen, no he desaparecido. La búsqueda continúa. Últimamente he estado viendo a destajo todas las películas que he podido para empaparme más y más sobre la época.
Si algo tenían los 90's era un gusto por las brujas, la Wicca, y todo lo que sonara a new age. Para muestra un botón. Tenemos un extenso surtido en brujas, hechiceras y naguales que va desde Jóvenes brujas (The Craft, 1996), Sabrina, la bruja adolescente (Sabrina, the Teenage Witch, 1996), y la clásica Hocus Pocus de Disney, hasta Hechizo de amor (Practical Magic 1998), Charmed (que, por cierto, odiaba), y la que en su momento marcó pauta, la verdadera y única, Bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999).
Bueno y qué decir sobre mis amigas las jóvenes brujas. Recuerdo perfectamente por qué vi esa película. Resulta que a mi prima y a mí se nos ocurrió ir al cine a ver una película clasificación C, pero como yo todavía estaba muy escuincle, no me dejaron pasar. Terminamos visitando Blockbuster (ya para entonces había muerto Videocentro) y rentamos Jóvenes brujas porque prometía ser una excelente película palomera para pasar el rato. Pero no, no se equivoquen, ésa no era ninguna película palomera de fin de semana. Lo que la gente veía como una historia mafufa de cuatro chamacas que se sienten mucho porque son las brujitas de la prepa, para mi resultó toda una revelación. Por fin veía en la pantalla a un grupo de escuinclas que, igual que yo, tenían poderes sobrenaturales y pasaban sus fines de semana invocando demonios y hechizando a todos sus amiguitos. Belleza, poder y éxito estaban a sus pies. Y ojo, en ningún momento usaban esas supercherías de Loción Siete Machos y la Veladora de las Siete Potencias. ¡No, qué va! Si algo tenían estas morritas era estilo. Por eso, lo suyo lo suyo eran las hierbas, las pócimas, y los libros de hechizos con ilustraciones animadas. (Yo, como no tenía acceso a toda esa parafernalia wiccana, pues bueno, me tuve que conformar con lo que tenía a la mano: los libros de Karen Lara y el jabón con esencia de Ven a Mí, comprado con el marchante de confianza.)
Pero estoy divagando. ¿Por qué me sentía (y me atrevo a decir que gran parte de mi generación se sentía) tan identificado con semejante peli? La respuesta es muy sencilla. Estas chavitas sí sabían lo que querían en la vida. Es decir, yo, igual que ellas, no dudaría en utilizar mis poderes para quitarme el acné o tener el cabello para que todos se murieran de la envidia. Si a eso le agregamos el súper depa en Beverly Hills, y el noviecito simpaticón, ¿qué más le podemos pedir a la vida? Ahora, a poco más de 15 años de distancia, me encuentro, decepcionado, con que la vida es muy cruel y que este cutis mixto no me lo quita ni los jabones Asepxia que anuncia la bruja de Anahí en la tele.
Si algo tenían los 90's era un gusto por las brujas, la Wicca, y todo lo que sonara a new age. Para muestra un botón. Tenemos un extenso surtido en brujas, hechiceras y naguales que va desde Jóvenes brujas (The Craft, 1996), Sabrina, la bruja adolescente (Sabrina, the Teenage Witch, 1996), y la clásica Hocus Pocus de Disney, hasta Hechizo de amor (Practical Magic 1998), Charmed (que, por cierto, odiaba), y la que en su momento marcó pauta, la verdadera y única, Bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999).
Bueno y qué decir sobre mis amigas las jóvenes brujas. Recuerdo perfectamente por qué vi esa película. Resulta que a mi prima y a mí se nos ocurrió ir al cine a ver una película clasificación C, pero como yo todavía estaba muy escuincle, no me dejaron pasar. Terminamos visitando Blockbuster (ya para entonces había muerto Videocentro) y rentamos Jóvenes brujas porque prometía ser una excelente película palomera para pasar el rato. Pero no, no se equivoquen, ésa no era ninguna película palomera de fin de semana. Lo que la gente veía como una historia mafufa de cuatro chamacas que se sienten mucho porque son las brujitas de la prepa, para mi resultó toda una revelación. Por fin veía en la pantalla a un grupo de escuinclas que, igual que yo, tenían poderes sobrenaturales y pasaban sus fines de semana invocando demonios y hechizando a todos sus amiguitos. Belleza, poder y éxito estaban a sus pies. Y ojo, en ningún momento usaban esas supercherías de Loción Siete Machos y la Veladora de las Siete Potencias. ¡No, qué va! Si algo tenían estas morritas era estilo. Por eso, lo suyo lo suyo eran las hierbas, las pócimas, y los libros de hechizos con ilustraciones animadas. (Yo, como no tenía acceso a toda esa parafernalia wiccana, pues bueno, me tuve que conformar con lo que tenía a la mano: los libros de Karen Lara y el jabón con esencia de Ven a Mí, comprado con el marchante de confianza.)
Pero estoy divagando. ¿Por qué me sentía (y me atrevo a decir que gran parte de mi generación se sentía) tan identificado con semejante peli? La respuesta es muy sencilla. Estas chavitas sí sabían lo que querían en la vida. Es decir, yo, igual que ellas, no dudaría en utilizar mis poderes para quitarme el acné o tener el cabello para que todos se murieran de la envidia. Si a eso le agregamos el súper depa en Beverly Hills, y el noviecito simpaticón, ¿qué más le podemos pedir a la vida? Ahora, a poco más de 15 años de distancia, me encuentro, decepcionado, con que la vida es muy cruel y que este cutis mixto no me lo quita ni los jabones Asepxia que anuncia la bruja de Anahí en la tele.